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NotaPublicado: 05 Jul 2009 11:29 
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El mundo sin Edu

Paqui Hernández, la viuda del policía asesinado por ETA, convive con el dolor mientras trata de reordenar una vida arrasada por la violencia

«¿Por qué no los han quitado ya?», se pregunta Paqui Hernández mientras recorre la explanada de grava donde mataron a su marido. En el mismo lugar del municipio vizcaíno de Arrigorriaga donde ardió el 'Citröen C4' de su esposo se marchitan varios ramilletes de rosas y claveles. Junto a las flores aún puede verse el esqueleto carbonizado de un 'BMW'. «Yo es la primera vez que vengo», susurra Josu, hermano de la última víctima de ETA. «Pero sí, se los podían haber llevado», coincide.

En el aparcamiento del barrio de La Peña las llamas causadas por la explosión de la bomba lapa y las deflagraciones de otros vehículos alcanzados por la onda expansiva han dejado el suelo salpicado de enormes manchas negras y piezas metálicas destrozadas. Los coches quemados que nadie ha retirado diez días después del crimen son un recordatorio inclemente del momento en el que el agente del Cuerpo Nacional de Policía Eduardo Puelles perdió la vida. Ese minuto infernal, a las nueve de la mañana del 19 de junio, en el que el automóvil del agente se convirtió en una bola de fuego. Los utilitarios destruidos no son más que hierros retorcidos y quemados, asientos reducidos a sus tripas metálicas y puertas deformadas por el calor abrasador.

Cada uno de los vehículos incendiados que continúan en esa explanada es un recuerdo del instante más oscuro de la vida de Paqui. «No será tan difícil venir a llevarse estos coches, ¿no?», vuelve a preguntarse la viuda, que oculta sus ojos tras unas gafas de sol.
Hernández ha jurado que nadie le verá llorar tras el asesinato de su marido. Cuando cree que se va a hundir empuña su rabia y sus sentimientos más humanos para impedir que la desesperación se apodere de ella. Antes de dejar escapar una lágrima arremete contra los asesinos, contra los violentos, contra quienes no condenan los crímenes, contra quienes miran para otro lado. «Aquí vi a mi marido muerto, carbonizado dentro del coche. Es una imagen que no me puedo quitar de la cabeza. Me viene una y otra vez. Es terrible. ¿Sabe qué imagino cuando pienso en sus asesinos?», pregunta y calla la respuesta.


Mientras la mujer camina sobre la grava calcinada, un jubilado con la cara arrugada y una gorra azul se detiene frente a las flores. Se descubre la cabeza y reza en silencio. Pasea junto a un niño con cara asustada. «Lo siento», acierta a decir el anciano tras acercarse a Paqui. El hombre, un vecino del barrio, tiene los ojos cubiertos por una nube de lágrimas. El pequeño no abre la boca pero intenta coger la mano de la viuda sin soltar una bolsa en la que lleva una botella de agua. «Mis hijos. ¿Qué haré con ellos? Están en la cama, todo el día durmiendo. A veces me abrazan. Salen a veces a estar con los amigos. Ellos son los que les apoyan. Yo... yo necesitaba a Eduardo», se lamenta.

La ausencia de su marido duele. «Con Edu se han ido mis piernas, mis brazos. Mira... hasta el limpiaba los cristales de la casa. O fregaba los platos porque decía que le relajaba. Tengo que hacerme cargo de todo... empezar de cero». Y, según ella misma confiesa, los hijos son la energía con la que pretende volver a enfrentarse a la vida, ahora sin Edu.

«Mi hijo pequeño tiene mucha rabia y lo entiendo. El mayor, con 21 años, ha tenido la suerte de vivir más tiempo con su padre. Pero el pequeño... el pequeño tiene mucho miedo de que se le olviden cosas que ha vivido con su padre. A veces me dice: Jo, ¿por qué yo no he podido estar más con aita?», explica la viuda. El matrimonio vivía junto desde 1983.

Cuando era una adolescente, Paqui Hernández le juró a su prima que nunca se casaría con un policía. «Ya se puede imaginar, Franco todavía estaba vivo y yo vivía en Amorebieta». Así que cuando Eduardo, su novio, le confesó que pertenecía a la Policía Nacional se quedó de piedra. Pero no había vuelta atrás. Desde la noche en la que se cruzó con él en la discoteca Venecia supo que ese sería su hombre. «No sabría decir lo que sentí al verle, pero no me cabía ninguna duda: 'Ése es para mí', le dije a mi amiga». La fecha del encuentro en aquella sala de fiestas se le quedó grababa: el 16 de junio de 1983. Allí comenzó todo.

Quiero ser mi hermano

Para entonces, Eduardo era un hombre fuerte, ex paracaidista y agente desde hacía años. Discreto, prudente. Había querido ser piloto de caza de combate pero había suspendido las pruebas de natación en los exámenes de acceso del Ejército del Aire. Luego probó diversos oficios, aunque siempre con la vista puesta en los negocios de la familia. Acompañó a un cuñado a echar la instancia para ser funcionario del Cuerpo Nacional de Policía y fue su familiar quien le convenció de que él también la presentara. Sólo aceptaron a Eduardo.
Sus primeros sueldos como agente sirvieron para intentar sacar adelante una mercería familia, en su barrio, el de La Peña. Pero la riada que anegó Bilbao en 1983 se llevó por delante el negocio. Tras el divorcio de sus padres, el policía Puelles era el sostén de la familia. Josu, el hermano ertzaina, recuerda que, de pequeño, «rezaba todos los días para ser cómo él. Me ponía en la cama con las manos juntas, como nos habían enseñado los curas, y pedía a Dios que me pareciese a Eduardo».

La devoción de Josu hacia su hermano es absoluta. No duda en afirmar que, tras el asesinato, es cuando la familia está empezando a descubrir más al detalle su faceta profesional, de la que él nunca hablaba. «Porque su humanidad era tremenda. Él era el pilar fundamental. Siempre lo había sido y todos nos apoyábamos en él».

Tras la boda con Paqui, Eduardo fue destinado tres años a Lérida. Durante meses y meses, tenía que doblar los turnos para conseguir estar tres días en Cataluña y otros tres en el País Vasco. Su vida era el autobús y el tren, para ir y volver, e intentar no dormirse mientras veía crecer a sus hijos en Bilbao. «Yo no quería ir a Lleida», recuerda Paqui. «Por un lado, mis hijos no podían ir a estudiar allí por el catalán y, bueno, a mí me tiraba más esto. Eduardo insistió en que nos fuésemos y llegamos a poner el piso en venta. Pero cada vez que venía un comprador, yo elevaba el precio que me había dicho mi marido para que no hubiera forma de venderlo. Al final nos quedamos y ahora mira». La viuda reconoce que a veces se pregunta si la vida no sería distinta si se hubiesen marchado de La Peña, si hubiesen aceptado aquel destino en Lleida, si ETA hubiese quedado muy lejos de la carrera de Eduardo.

Las mentiras de los hijos

Pero el destino devolvió a Puelles a Bilbao. Y, paso a paso, llegó a la lucha antiterrorista. Entonces el miedo era algo difuso que, lentamente, se fue solidificando a su alrededor. Paqui nunca olvidará un día, durante su noviazgo, en el que estaban despidiéndose en el coche y escucharon unos petardos que sonaron como disparos. El instinto de policía saltó como un resorte. Con una mano hizo que ella agachara la cabeza y con la otra condujo el coche a toda velocidad para alejarse de lo que creía una trampa mortal.
Pero el auténtico problema surgió cuando los hijos ya tuvieron edad para saber cuál era la profesión de su padre y para que sus amigos les preguntasen en el patio del colegio a qué se dedicaba su aita. «A mi hijo mayor le pedía que no dijese nada. Cuando le preguntaban, él respondía que su padre era bombero. Pero cuando el pequeño se enteró lo tuve que coger por banda y dejárselo muy claro: 'Ten cuidado. Pueden matar a papá'».

Ese silencio, ese esconder la realidad, duele. «Era muy duro pero ahora ya no tengo por qué callarme. Mira... me daba rabia sentirme tan orgullosa de mi marido y no poder decirlo. Él salvaba vidas. Y ahora ya no tengo por qué callarme». Entonces tercia Josu. «No me gusta nada que nos consideren víctimas. Víctimas son los que tienen miedo, los que se callan, los que miran para otro lado». Eduardo había participado en la detención de más de setenta terroristas, en redadas contra el aparato de captación de ETA, en la persecución de tramas de fundamentalistas islámicos. Era un «héroe».
Josu, siguiendo el ejemplo de su hermano, se presentó a cuatro promociones de la Ertzaintza hasta que le aceptaron. Salió a patrullar la calle en 1991. En estos días de duelo se ha encarado con políticos nacionalistas en algunos de los actos de homenaje y ha recordado cosas que le han dolido a lo largo de los últimos años. Es directo al hablar de algunos temas. «¿Te lo puedes creer? Después de lo de Miguel Ángel Blanco, ¿qué se les ocurre?, pues Lizarra. Tócate los $%&/. ¡Si llegaron a poner a 'Josu Ternera' en la comisión de Derechos Humanos! ¿Y nunca van a decir que se equivocaron?».
Pero Josu tiene una cosa muy clara. «Nosotros no necesitamos revanchas. Sólo los que pierden la reclaman. Y nosotros ya hemos ganado. Sólo los que saben que han perdido siguen poniendo bombas, los que siguen utilizando la violencia. Pero eso no significa que no exijamos justicia para Eduardo. A los que han hecho esto les van a faltar ojos para ver venir todo el peso de la ley sobre ellos».

Atentado indiscriminado


El ertzaina tiene una imagen que estos días le ha venido una y otra vez a la cabeza. «A mi hermano le encantaba salir al balcón a fumar y desde allí, ver los patos en la ría. Para mí, en Euskadi hay un gran río en el que está toda la dignidad de los asesinados por la banda, todo el valor y el ejemplo de los héroes. Y en una orilla estamos los ciudadanos que creemos en la justicia y la libertad. Al otro, los violentos. Cuando alguien habla de tender puentes, yo creo que lo mejor es pedir que se mojen en ese río si quieren acercarse».
El sol se pone en el aparcamiento de La Peña. Las primeras sombras se extienden entre los restos de los coches carbonizados. Paqui cuenta entonces una de las sospechas que le atenazan desde el día del atentado. «A veces pienso que alguien ha visto algo, que ha podido sorprenderles mientras ponían la bomba. Ésta no es una zona tan aislada cómo han dicho, aquí vienen parejas. Hay gente que sale pronto para ir a trabajar. Alguien pudo ver a los terroristas. Espero que si lo han visto, lo digan. Que no se dejen llevar por el miedo». Y su cuñado añade: «Es que fue un atentado indiscriminado. En el aparcamiento había personas que paseaban al perro. Un gitano que vivía en su furgoneta se salvó de milagro. Pudieron haber matado a muchas personas».
Paqui sigue viviendo en el barrio donde convivió con Eduardo y donde educó a sus hijos. Sabe que los chivatos que se encargaron de preparar la muerte de su marido están a su alrededor. «Pero lo tengo muy claro. No me voy a callar. No me voy a poner un tapón en la boca. Y no me van a ver llorar», insiste. Y la viuda aguanta las lágrimas y exhibe su coraje mientras camina entre los coches incendiados, el último vestigio del brutal atentado que apartó para siempre a Edu de su vida.

PERIODICO EL CORREO. OSCAR B. DE OTALORA,BILBAO



Todo mi apoyo y cariño para Paqui,sus hijos,hermano y demás familia.


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NotaPublicado: 05 Jul 2009 11:48 
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